
Shamed, un joven que dejó huella entre el futbol, la amistad y el trabajo comunitario
Para su familia, amigos y vecinos, Shamed era de esos jóvenes cuya presencia difícilmente pasaba desapercibida. Alegre, entusiasta y con facilidad para reunir a quienes lo rodeaban, encontró en el futbol una de sus principales pasiones y en su comunidad un espacio donde podía compartir, ayudar y convivir.
Su padre, Rogelio Arce Morales, lo recuerda como un joven con liderazgo y una gran afición por el deporte.
“Mi hijo era un líder para buenas cosas. Era deportista. Jugó en el equipo de México, de la Liga de Plan de Ayala, de Altavista”, relató.
Entre sus compañeros y conocidos también permanece la imagen de un joven popular, amistoso y dispuesto a convivir. Muchos lo identificaban por el apodo de “El Güero”, mientras que para sus familiares era, sobre todo, una persona que disfrutaba estar rodeada de amigos.
El futbol ocupaba un lugar especial en su vida. Solía organizar partidos e invitar a vecinos, familiares y amigos a jugar en las canchas de la iglesia, que con el tiempo se convirtieron en uno de sus principales puntos de reunión. Antes de tener acceso a ese espacio, los encuentros deportivos se realizaban en la calle.
Fue durante los últimos meses cuando conoció al párroco Luis, quien llegó a tener confianza en él y le facilitó las llaves de las canchas para que pudiera utilizarlas junto con sus compañeros.
Pero el deporte no era su única afición. Shamed también disfrutaba participar en la elaboración de mojigangas, una actividad que compartía con su padre durante las fiestas del pueblo de San Antón, realizadas del 11 al 15 de junio.
La última figura que ayudó a elaborar fue Gargamel, uno de los personajes de Los Pitufos, una creación que quedó como parte de los recuerdos que compartió con su familia.
Su compromiso con la comunidad también se hacía presente en las actividades que realizaba junto con sus amigos. Participaba en faenas y trabajos para recuperar espacios deportivos. Entre ellos estuvo la cancha de Chulavista, donde colaboró en labores de rehabilitación.
Su hermana, Shirel, lo recuerda como un joven alegre, espontáneo y con una personalidad que le permitía hacer amigos con facilidad.
“Era un niño alegre, divertido, muy extrovertido, amigo de todos. Un niño que no le daba miedo nada. Aprendió a andar en bicicleta a los 12 años. Tenía muchas ganas de vivir, muchos sueños”, recordó.
Hoy, familiares, amigos y vecinos conservan esos momentos como parte de la memoria de Shamed: el joven al que le gustaba jugar futbol, crear mojigangas, trabajar junto a sus amigos y convertir los espacios de su comunidad en lugares de encuentro.
Más allá de las actividades que realizaba, quienes lo conocieron destacan la energía con la que vivía y la facilidad que tenía para acercarse a los demás. Esa es la imagen que su familia busca preservar: la de un joven con sueños, amistades y una profunda conexión con su comunidad.
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